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Diego Martínez Lora
Narrativa

diego@diegomartinezlora.com      
©Diego Martínez Lora 2010    Página principal


 

Para Ti   

 

Siempre quise escribir una historia que tratara sobre Ti. Era muy injusto que me olvidara de Ti. Se justificaba más que suficiente. Sólo el hecho de haber compartido toda una vida y en las buenas y en las malas haber salido no sólo victoriosos, sino más unidos que nunca. Por eso, hoy me dedicaré a pensar en Ti para escribir los mejores recuerdos que guardo de ella en mi memoria.

Ti era mi vecina. Gorda como una pelota. Sus cachetes, redondos también y colorados, parecían que irían a reventar, pero no, sólo era una sensación mía. Cuando se reía lo que no resistía más era su sostén. Se descosía y se notaba claramente cómo sus senos caían sin límites. Ella aumentaba la fuerza de su carcajada y yo me quedaba diluido temblando como su pecho. Todo se volvía como ella. Su gordura era contagiosa. Afectaba hasta a las cosas que tenía alrededor. Yo mismo me sentía como una gelatina a su lado y pese a su exuberante constitución física, no creaba ningún rechazo en mí, por lo contrario, su cara bonita atraía a la gente como me atraía a mí. Cuando recién llegué a vivir a este barrio, lo primero que conocí de mi vecina fue su linda cara que me observaba desde la ventana de su cuarto. No se notaba tanto su gordura. Yo, no puedo negarlo, me ilusioné un poco. Me dije, mmm aquí tengo plan seguro, esta vecina está rebuena. En el transcurso de los días conversamos más veces, ella me saludaba desde lejos con una gran sonrisa y entablábamos unos diálogos cortos y muy simpáticos. Una tarde me invitó a entrar a su casa y me pidió que subiera a su cuarto. Allí me llevé con la sorpresa de su gran humanidad. Ti era gorda como nadie. Su cara linda estaba puesta sobre una montaña de grasa que se arrastraba por el cuarto. No sé lo que me pasó en ese momento. Me dio un sueño profundo y me tendí sobre la alfombra completamente dormido. Me desvanecí por el impacto del descubrimiento. Ti me despertó luego de varios minutos con un poco de agua de colonia, aquella que le pertenecería por el resto de los años que anduvimos juntos. Ese olor no sólo me devolvió el ánimo, sino que se me metió en lo más profundo del alma. De ese modo Ti entró en mi vida para no salir nunca.

Hablamos de nuestras actividades, yo un vendedor de libros y ella una vendedora por teléfono. Con su voz estaba convencido de que era capaz de vender hasta la luna y las estrellas. Ganaba más que yo y eso que utilizaba sólo su voz. Nos volvimos muy amigos y cada vez más íntimos. Me quedé a dormir en su casa muchas noches. Ella me cubría y me dejaba roncar hasta el día siguiente. Antes de las siete me despertaba para poder tener tiempo de tomar una ducha e irme a trabajar. No enamoramos nunca, no porque no se me hubiera ocurrido alguna vez, sino porque ella me confesó que sólo un hombre había existido en su vida y que continuaría a pertenecerle para siempre. Me dijo que se llamaba Jesús.

- Jesús… …Rodríguez Vera, un compañero de la universidad. Su lazo con ese Jesús Rodríguez era mucho más fuerte que cualquier vínculo religioso. Siempre el nombre de Jesús salía pronunciado con mucha vitalidad que me reprimía todo intento de seducción. Ésa era la razón porque nuestra amistad se fortificó tanto. Cabe mencionar que ninguna amistad es pura, sin embargo ésta que tuve con Ti, por su fuerte empeño en defender la antigua relación con ese Jesús Rodríguez, fue una amistad muy pura. Sólo la vi como una amiga, como una almohada gigante que me daba sosiego. No la confundí más con un objeto de deseo y reprimí con éxito cualquier debilidad que por diferentes circunstancias dejaba escapar. Ti siguió la historia de mi vida con mucha atención y más que nada con bastante dedicación. Como no tenía ni hijos, ni amigos y sus pocos familiares nunca la visitaban me escogió a mí como su sujeto y objeto más codiciado. Pasó a ser la voz oficial que contestaba mis teléfonos. Archivó mis papeles, mis documentos, mis fotos, mis facturas. Me ayudó a vender mis libros desde su universo telefónico. Yo fui su brazo derecho, sus piernas y quien le hacía masajes en los hombros y progresivamente en todo el cuerpo. Me volví muy adicto a ella y me enamoraba de chicas que no me produjeran problemas ni exigieran compromisos. Ti me daba la paz que yo necesitaba para vivir. Cada uno en su casa, como buenos vecinos, nos volvimos grandes amigos, pero nunca dejamos de ser vecinos inteligentes y amables. Nunca confundimos nuestras cuentas. Cada uno cuidó de su propiedad. Ti me ayudó a soportar los peores momentos de mi vida en su gran regazo y yo le ayudé a sobrellevar la gran incomodidad que le generaba en aumento su gordura.

La noche en que llegué borracho a su casa con la idea obsesiva de tener cualquier cosa con ella, me sorprendió increíblemente. Ti se desnudó por completo y encendió todas las luces de su cuarto, se tapó la cara con un pañuelo y me dijo, soy toda tuya, muuuuuuu. Yo me quedé perplejo. Toda la borrachera se me fue de un momento a otro. Corrí a cubrirla y le pedí que me disculpase, que me había comportado como una bestia, que estaba mal, que ella era mi princesa, y que sólo quería su cariño. Ella me abrazó como si el amor maternal tomase forma y me envolvió con todo su cuerpo, su pesado cuerpo. Así me adormecí en el mejor de los sueños.

La única vez que tuve una enamorada con posibilidades serias, Ti me ayudó para que mi relación fuera exitosa. En corto tiempo prácticamente ya estábamos para casarnos y fue cuando le presenté a Ti a mi novia. Ella dijo que era una chica muy linda y mi novia por teléfono me comunicó que la gorda de mi vecina le daba asco. Nunca más quise saber de tal novia. Sus palabras me dolieron tanto que nunca más hable sobre tal noviazgo a Ti, ni tuve valor para contarle la verdad. Ti fue mi gran compañía y la única mujer que me dio fuerzas para vivir.

Ahora que su casa está tan vacía sin ella y sin sus cosas, siento que no solo me falta una persona, sino que una parte de mí ha abandonado mi cuerpo, mi alma, mi espacio. Ti se mudó el día que apareció el tal Jesús, como le había prometido. Adelgazó con mucha voluntad. Se hizo una liposucción y entró en un proceso de recuperación física que me dejó turulato. En corto tiempo su imagen cambió tanto y un día la vi salir por la puerta de su casa e irse de viaje para nunca volver. Me quedé estupefacto con el cambio tan brusco de la vida. Un 13 de Marzo de 1997 se subió a un avión y se quedó para siempre, o al menos hasta ahora, en Austria. Nunca más supe sobre su paradero. Nunca me escribió una sola línea. Ya me lo había advertido. Jesús era muy celoso. Pero como yo no soy rencoroso, creo que con esta historia he cumplido con rendirle homenaje a esa amiga que por mucho tiempo ocupó un lugar importante en mi vida y que hasta ahora la recuerdo con demasiado cariño y una extraña devoción. Nunca conocí a nadie que protegiera tanto su amor y que lo conservara con tanto recelo. Ti nunca perdió la esperanza y así postrada en su lecho de gorda supo levantarse y luchar por su ilusión. La pena que siento es que lo más probable sea que ese tal Jesús la esté tratando mal, porque no me dio buena impresión cuando ella me lo presentó pocos días antes de partir. Los ojos de Jesús eran de pocos amigos y su mirada tenía un no se qué de perversidad. La llamó de un modo despótico, oye gorda, apúrate pues, no tengo todo el tiempo del mundo. Y a mí solo me dijo, OK, mucho gusto. Chao. Espero que haya sido una mala impresión mía, sólo mía, por llevarse a mi amigota. Ti, no sé cómo te sentirás en estos momentos, pero estés donde estés, siempre te esperaré desde mis buenos recuerdos. Tu cara linda, no saldrá nunca de mi corazón.

 

10-03-2010  (en Títulos interiores, Diego Martínez Lora, Editorial 100)


María María

 

No sabía bien si mi padre era una persona machista o no porque él era el que cocinaba en casa y también nos bañaba y vestía. Nos cosía las bastas de los pantalones y nos llevaba a las fiestas de nuestros amiguitos. Decía que hasta no le importaba de usar vestido para andar por todo sitio, pero no lo hacía para no escandalizar a las otras personas que estaban acostumbradas a ver a los hombres vestidos de una manera y a las mujeres de otra. Mi padre no era afeminado, por lo contrario era muy hombre en sus gestos y en su forma de estar en la vida, pero eso puede entenderse mal, cuando digo bien hombre, me refiero a no tener ningún prejuicio en relación a las tareas que tenía que hacer en casa y a que a su esposa, mi madre, la respetaba muchísimo. Ella era feliz y se le notaba a simple vista. Ninguno de los dos peleaba por repartirse el trabajo doméstico, cada uno hacía lo que podía y los dos estaban muy seguros de eso.

Hasta que  un día llegó María para vivir en nuestra casa, era una vieja amiga de mi madre. Tenía un físico envidiable y una cara preciosa. Sus ojos hipnotizaban desde el poderoso verde con que miraban. Le dieron el cuarto de las visitas que nosotros utilizábamos para jugar y se instaló de inmediato dejando su olor penetrante en cada rincón de la casa.

Tenía una voz muy dulce y caminaba de una manera graciosa. Era una mujer que irradiaba luz y a nosotros nos gustó desde el primer momento que la vimos. María se tornó nuestra gran amiga que nos llenaba de dulces a escondidas de nuestro padre, quien renegaba al vernos masticar una goma o un caramelo. Nos insistía con su discurso de lo horrible que era ir al dentista, que teníamos que cuidar con esmero nuestros dientes, que el dolor de muelas era insoportable, que era un pecado tener caries de niño. María conversaba sin parar con nuestra madre y el fin de semana de su llegada se la pasaron riendo acordándose de todas las personas que conocían en común. Nuestra casa se volvió diferente, ganó una animación de la que nunca había tenido. Mi padre cocinó cosas tan ricas y hasta preparó postres deliciosos totalmente novedosos para nuestros paladares. En ese domingo adormecimos muy temprano después de haber jugado casi todo el día y de haber salido a pasear por la playa, cosa que durante el invierno no nos atrevíamos a hacer.

Al día siguiente, el lunes de siempre, mi madre se fue a trabajar a las siete de la mañana. Nosotros nos quedamos un poquito más en la cama y mi padre nos despertó para llevarnos al colegio. Nos dio el desayuno en el carro y nos dejó dos minutos antes de que sonara la campana de entrada. No dio un beso y con una sonrisa volvió a su carro. Tenía que ir velozmente porque si no alcanzaba la peor hora del tránsito y si algo odiaba él era perder su tiempo metido en el carro sin hacer nada. Compró fruta y algunas cervezas, y entró en la casa. Se puso a lavar los platos donde había preparado el desayuno y sintió que María salía de su cuarto. Era la primera vez que se quedaba a solas con ella. Ni bien lo vio, se le acercó y lo besó acariciándole sus partes púdicas. Él le pidió para que estuviera tranquila, que se dejara de mañoserías, que era una falta de respeto. María se rió y se alejó como si no hubiera pasado nada, pero esas escenas se fueron repitiendo muchas veces. Mi padre la esquivaba todo lo que podía y no le decía nada a mi madre. Se había dado cuenta de que María era un poco loquita e irresponsable porque no pretendía nada más que unos besos así como se los daba a cualquier hombre guapo que se le cruzara en el camino. Era su modo de dar afecto. Mi madre sabía que María era una mujer que no se reprimía, pero que tampoco llevaba muy en serio sus juegos eróticos. Lo había hecho tantas veces y con tantos hombres, que después se llevaban una gran decepción cuando María los paraba en seco, aclarando que del beso al sexo había mucha distancia.

Una mañana mi madre le pregunto a mi padre:

- ¿Y te están gustando los besos de María?

Él la miró como para decirle alguna mala palabra, pero después lo pensó mejor y le respondió:

- Si, me encantan. Pero podías decirle que se deje de besuqueos, cualquier día me pasa un microbio peligroso.

Mi madre le dio un beso en la frente a mi padre y se fue a trabajar.

María se despertaba a las once de la mañana y lo primero que hacía era salir desnuda hasta la cocina para servirse un vaso de leche. Saludaba a mi padre con un beso en la boca y lo abrazaba con cierta intensidad. Él sentía a veces que sus instintos lo irían a traicionar, pero no, se controlaba muy bien.

María era una artista plástica y salía al medio día para ir a un garaje que le servía de atelier. Había semanas en que no pintaba y se quedaba en casa leyendo y haciendo esbozos de futuros trabajos. Cuando se desconectaba de su mundo creativo, nos ayudaba a vestir mientras mi padre salía para hacer algunas compras. Mi madre por lo general regresaba muy tarde y a veces tenía que viajar y no volvía después de varios días. María nos leía o inventaba las historias más locas del mundo y nos ayudaba con las tareas escolares. Algunas noches María se pasaba a la cama de mi padre y conversaba con él. Yo los escuchaba desde mi cuarto, él se reía y a veces a carcajadas, sólo que por el cansancio me quedaba dormido perdiéndome esa alegría que desbordaba desde el dormitorio de mis padres. Sin duda que María era una mujer muy divertida.

Y así pasaron los meses. La casa era una felicidad total. Esa María había traído buena energía a la familia y todos estábamos muy agradecidos. Cuando nos preparábamos para cenar una noche y al mismo tiempo que mi padre nos traía la comida a la mesa María nos dijo a todos:

- Estoy embarazada.

A mi padre casi se le cayó un plato de sopa al piso.

- ¿Está qué?, - pregunté.

- Voy a tener un hijo. Imagínense.

Mi padre se puso rojo como un tomate maduro. A mi madre se le hundieron más los ojos dentro de sus profundas ojeras. Un silencio sepulcral se implantó en la mesa, pero nosotros comenzamos a gritar:

- ¡Viva! ¡María va a tener un hijito!

Antes de que mi madre intentara levantarse de la mesa, María dijo:

- Esta misma noche me iré de la casa.

Nosotros nos miramos y suplicamos:

- Nooooo, María. Quédate más tiempo. Te queremos tanto.

Mi padre transpiraba como si hubiera regresado de jugar un partido de fútbol.

- Yo los quiero mucho, pero me tengo que ir. El padre de mi hijo me quiere a su lado. Y si les digo su nombre se van a escandalizar tal vez.

Mi madre como recuperando el aliento atinó a decir:

- María, vamos dilo. No nos tengas en suspenso. Queremos saberlo.

Mi padre si tenía boca se le había desaparecido. María inspiró mucho aire y con una sonrisa confesó:

- Es el padre García.

- ¿El padre es García?,  dijo mi hermano.

¿Quién es García?, preguntó mi hermanita.

- No, ja ja, el padre del niño o la niña es el padre García. Es un religioso que va a dejar de ser sacerdote por mí..

- ¡Nooo!, dijo mi madre sorprendida. ¿Y cómo así lo conociste?

- En una fiesta, imagínate ¿No se alegran?

- ¡Claro que sí!, gritó mi padre como si le hubiera salido una sandía de la boca. Vamos a brindar. Mujer, ábrete una botella de champán. Eso tenemos que celebrarlo, es una excelente noticia.

Mi madre sin dudarlo se levantó de la mesa y fue a buscar una de las mejores botellas de espumante que guardaba en el sótano. Se detuvo un poco en las escaleras y respiró hondo. Sintió que la oscuridad que se le había instalado dentro de sus horizontes había desaparecido. Se culpabilizó por haber sospechado aunque sea por unos instantes de mi padre, porque ella era capaz de poner sus manos sobre el fuego defendiendo la fidelidad de mi padre. Liberada de tal peso en la conciencia caminó como si estuviera volando.

Mi padre distraído puso una copa en cada sitio de la mesa, hasta para nosotros, que apenas bebíamos jugo natural y la mayoría de las veces agua. María le agarró el culo y le dijo al oído:

- ¿Y si dijera que fuese tuyo?

Mi padre por primera vez la besó por iniciativa propia y en frente de todos nosotros.

- Uau, dijo María, y se rió, así como yo, pero sabía muy bien que esto no se lo podía contar a mi madre.

Mi madre regresó con la botella abierta y sirvió a todo el mundo, hasta al más pequeñín. Realmente en esa noche todos estaban locos. Después se dieron cuenta de lo que estaban haciendo con nosotros y nos sirvieron jugo de naranja. Continuaron a conversar hasta tarde. Luego María preparó su maleta y se fue medio borracha, aunque había dicho que no era recomendable beber en su estado. Nos prometió que otro día vendría verdaderamente a despedirse de cada uno de nosotros. Que en ese momento el padre García la estaba esperando para huir con ella antes de que los feligreses lo descubrieran. - Chau, María. Vuelve pronto!, dije y hasta lloré.

Mi madre le preguntó a mi padre si había conocido al tal cura García. Él le dijo que no. Y ella antes de irse a dormir le preguntó riéndose,

- ¿No será que nos ha mentido?

Mi padre se hizo el desentendido y nos llevó a todos a la cama. Nos dormimos rápido. Él no.

16/04/2010


Soy la última palabra

 

No lo dudó y se lo dijo de inmediato.

- Soy virgen.

Gina lo miró como diciéndole que se estaba burlando de ella.

Pedro insistió.

- Tengo 10 hijos, pero nunca tuve relaciones sexuales con Joaquina. Ni con nadie. Soy virgen.

Gina comenzó a reírse mientras con los brazos hacia atrás y con cierta dificultad trataba de desabrocharse el sostén.

- Te lo juro, no te rías. Tú eres la primera. No me malogres esta emoción que estoy sintiendo.

- Deja de ser idiota.

- No lo soy.

- Fantasía estúpida.¡Cállate la boca!.

Pedro se puso a llorar.

- Nunca más te volveré a ver, entendiste. No pensé que fueras tan ridículo.

Gina se vistió como pudo, agarró su cartera, sacó la llave de su carro y salió tirando la puerta con mucha fuerza. Pedro se encogió por el ruido y le dio un ataque de risa imparable. Tomó el sostén rojo que en la precipitada salida se le había caído a Gina y lo lanzó por la ventana. Cayó como un paracaídas doble.

 

Un problema menos, se dijo Pedro carcajeándose. Esta mujer ya me estaba cansando. La tuve que despachar de este modo absurdo. No podía más. Estaba harto. Ahora tendré que resolver mi siguiente problema.

 
Cuatro computadoras en casa y ninguna funcionaba bien. Su portátil comenzó a fallar. Cada vez que trataba de entrar en un programa se bloqueaba. Lo intentó repetidamente con la misma paciencia de siempre. Nada. La ventana de su cuarto estaba abierta de par en par. Las nubes tenían formas extrañas, unas detrás de otras alejándose como ovejas degolladas. En la enésima vez que comprobaba que su portátil - la más reciente, la que funcionaba tan bien y a una velocidad increíble – no quería arrancar, la desconectó con cierta delicadeza, sacó los cables de la impresora, del scanner, del módem, del ventilador externo, de la cámara web, del micrófono,  de la electricidad y cerrándola como si fuera a guardarla la levantó lo más que pudo . La lanzó por la ventana sin importarle si es que alguien pudiera estar pasando por la calle. El sonido del impacto fue contundente, cayó sobre el cemento destruyéndose toda. Pedro se quedó mirando las nubes con todos los cables en la mano. Sintió placer en su acto impulsivo. Pensó en sus otras tres computadoras… y tampoco lo dudó.

 

Para resolver su tercer problema tuvo que salir del edificio e inevitablemente caminar entre sus computadoras destrozadas que decoraban surrealistamente la playa de estacionamiento. Subió a su carro, su viejo Chevrolet que lo había acompañado por tantos y tantos años. Fue directamente hasta el punto más alto de la ciudad y en un espacio mínimo en que el camino no tenía ninguna protección dejó caer su coche sin darse el lujo de mirar la trayectoria de la caída ni las consecuencias de la misma. Sacó una libretita que tenía en el bolsillo derecho de su pantalón y con el último lapicero que guardaba de recuerdo de sus tiempos de profesor tarjó las palabras Gina, computadoras y carro. Todavía le quedaban dos puntos más en su lista.

 

Ya de regreso por un camino transitado subió a un taxi y se dirigió a una casa bastante deteriorada, pero de considerable tamaño. Tocó la puerta y un niño muy contento le abrió saltándole al cuello. Pedro le dio un beso y entró cargándolo para saludar a los otros nueve niños que lo rodearon haciendo una fiesta por su aparición súbita. Los únicos que no mostraron ningún indicio de alegría fueron Joaquina, que no se inquietó para nada, continuando a lavar la ropa del día y el perro Bronco que desde el patio ladraba y gruñía con sorprendente furia. Pedro no almorzaba ni cenaba en esa casa hacía mucho tiempo, apenas que la visitaba de vez en cuando y de sorpresa. Toda su vida familiar se había desplomado coincidentemente con la llegada de ese cachorrito llamado Bronco, que nunca lo había querido. Era como si el perro hubiera sido el único que sospechara desde un primer momento de sus infidelidades. Ese perro fue el que encontró la prueba oficial  al aparecer con los calzones que una de sus amantes había dejado olvidado en su vistoso chevrolet descapotable. Pedro le pidió perdón a Joaquina, mientras sus hijos observaban cómo Bronco destrozaba la delicada ropa interior de color rosado. Ella le dijo que lo perdonaba, pero Pedro no quiso oírla y se fue. Ella tan ocupada con sus actividades domésticas nunca pensó demasiado en el asunto y dejó pasar el tiempo sin hacer ningún tipo de escándalo y hasta olvidándose de la historia de adulterio.

En un momento en que todos los niños estaban atentos a una serie televisiva, Pedro simuló ir al baño y desde la ventana que daba al patio lanzó un comprimido altamente venenoso que cayó en el agua de Bronco que poco después el perro bebió muriendo casi de modo instantáneo y sin hacer ningún ruido.

Salió del baño y sin despedirse de sus hijos, se fue al puente que cruzaba la línea del tren de alta velocidad que partía puntualmente de hora en hora. Vio pasar  uno dejando un estruendo único. Sus cabellos se despeinaron a pesar del fuerte fijador que solía usar. Miró su reloj. Y luego de 59 minutos y medio entre cigarrillo y cigarrillo, entre recuerdos de su infancia como de sus últimos días, sacó su libretita. Con lo poco de tinta que le quedaba de su lapicero Bic, tarjó de una vez la palabra Bronco y con la seguridad de que nadie iría a cambiar su destino hizo lo mismo con la palabra YO. Y se lanzó del puente.

03/05/2010


La venganza.                         

 

David R. estaciona el carro con su control automático. Llama a su enamorada, Liliana,  y aparece una pantalla con la cara de ella diciéndole que la espere un poquito más. Está bien, le responde, pero no mucho. Ya es tarde.

Ella baja con un vestido bien escotado y diez centímetros arriba de las rodillas. Él está bebiendo una cerveza y escuchando el último disco de Madonna.

Vamos, ya estoy aquí, se lo dice por la ventana mostrándole sus pezones. Entra por la otra puerta. Lo besa y el carro parte lentamente mientras ella no para de besarlo. Luego lo suelta y acelera como si estuviera en una carrera de la fórmula I.

La boda debe de comenzar a las 11 de la noche y ellos bajan del carro a las 10 y 50. Se casan Roque y el hermano de David, Ramón R.. Llegan cuando ya todos están dentro del palacio. Liliana no llama la atención porque todas las invitadas están vestidas como ella. David R. se aproxima a los novios y les dice que nunca les iría a fallar. Les entrega los aros que brillan increíblemente. Ramón R. le da un beso agradeciéndole el gesto y Roque lo abraza. Ya se puede dar inicio a la ceremonia.

David R. les había prometido los aros como regalo de matrimonio. Ambos hermanos son tan diferentes. Ramón R. tan peludo y masculino, David R. se caracteriza por sus gestos afeminados y su delicadeza para tratar de todos los asuntos posibles. Sin embargo el que ha salido homosexual es Ramón R.. A David R. le gustan las mujeres y ha ganado una cierta fama de mujeriego fuera de serie. Por eso su padre se ha quedado muy confundido con el comportamiento de sus hijos. Con su mente algo conservadora se había preocupado mucho por David R., porque en el colegio lo molestaban por sus amaneramientos y Ramón R. era el que lo defendía. Y en la casa David R. hasta jugaba con las viejas muñecas que su madre conservaba. Siempre puso como ejemplo a su hijo Ramón R., pero después con los años se dio cuenta de que tenía que tragarse todos sus viejos comentarios. Por eso el papá decidió guardar silencio y respetar a sus dos hijos tal como eran. Desde una esquina asiste atento al matrimonio de su primogénito. No se puede decir que está contento, pero sí se puede adivinar que con los tragos que beberá durante la fiesta se pondrá a llorar por la infelicidad profunda que siente, mintiendo que lo hace por la felicidad de su hijo. La madre de Ramón R. que está separada desde hace muchos años de su padre, sí que luce contenta. Está sentada bien agarradita de la mano de su actual pareja, otra señora de su misma edad, pero muy alta y para contraste con todos los invitados, la única negra de la fiesta.

La abuelita paterna, la abuelita que sobrevivía desde su silla de ruedas pregunta repetidas veces que quién es la novia de su nieto. Su cuidadora le dice para callarse y la distrae, cuando eleva la voz se aleja con ella por los pasillos oscuros del palacio.

Las leyes de la nación han cambiado mucho en los últimos cinco años. La iglesia no logra contener las reformas liberales y se está volviendo demasiado conservadora a pesar de que la mentalidad de las personas en general ha sufrido una drástica transformación. Tiene que haber un gran salto dentro de la iglesia para poder luchar más en la parte de la bondad divina, la ética humana y la solidaridad. Tiene que ir de la mano con la ciencia y elevar la moral de las personas frente a las diversas crisis económicas y de valores. Si la iglesia mantiene su ortodoxia, tenderá a retroceder y a caer en la más grande soberbia. Es necesario demostrar que Dios es generoso y cómplice de todos nosotros para alcanzar nuestra felicidad. Este es el discurso del pastor que está casando a Ramón R. y Roque. La iglesia debe de estar más interesada en luchar contra el racismo y las diversas discriminaciones. Debía de liderar las luchas sociales contra todo tipo de violencia. La espiritualidad que la sociedad necesita a gritos tendrá que proceder de padres y pastores preparados para ofrecer el gran cambio. El pastor se pone colorado mientras termina de hablar ante el fervor de los aplausos de algunas de las parejas asistentes. Nadie se atreve a contrariarlo.

Muchos de los invitados continúan siendo conservadores y machistas, pero por razones de convivencia y de diversión asisten a las ceremonias en las que no sólo están en contra, sino que para ellos esas bodas son una gran aberración humana. Se ríen de lo que ven. No lo pueden creer. Están seguros de que las cosas serán corregidas en la brevedad posible por otro gobierno.

- Salud. Qué vivan los novios. ¡Beso, beso, beso!

Roque y Ramón R. se dan un gran beso, con lengua y muy demorado. Las cámaras fotográficas no paran de lanzar sus flashes. Y rápidamente ese beso viaja a través de los teléfonos celulares por toda la ciudad. Nadie puede creer que esas dos autoridades de la universidad, grandes maestros muy barbudos, se estén casando y se estén dando como prueba de su amor un beso de película.

Comienza la fiesta y las parejas entre mozos que sirven generosamente bocaditos y bebidas exóticas conversan con alegría comentando lo bonito que luce el palacio que normalmente se utiliza para ceremonias políticas.

Liliana y David R. son los primeros en bailar rompiendo el protocolo, porque Ramón R. les ha pedido para hacerlo. No quiere bailar, no le gusta y nunca lo ha hecho en toda su vida. David baila exageradamente bien, parece un profesional y cada vez que la hace dar vueltas a Liliana le levanta el vestido dejando a descubierto no sólo sus lindas piernas sino parte de su gran trasero. Cosa que los demás invitados celebran con mucho placer. Las otras mujeres no se quedan atrás y sumándose al baile hay gustos para todos, lo que más se aprecia son los vestidos por su cortedad y escasez de tela. Las parejas de homosexuales bailan totalmente desinhibidos. Los más conservadores son los que más se divierten porque se sienten en un circo, y creen que están en una fiesta de carnaval en donde se puede hacer de todo y con quien sea, pero sus mujeres no están muy contentas, por eso algunas parejas emprenden la retirada una hora después de iniciado el baile. Se van como avisadas de alguna mala noticia. Un buen grupo de gente se despide discretamente.

Todos están muy divertidos y sensiblemente cariñosos. Nadie se reprime en expresar sus afectos. Besos y abrazos bastante cargados de libido. El baile es para festejar la libertad y dejar de lado los viejos tiempos llenos de prejuicios. Luego de un par de horas la fiesta está en su apogeo.

De un momento a otro se escucha una explosión y la puerta del palacio es derrumbada. Entran como diez individuos encapuchados cargando cada uno una ametralladora o algo semejante. Ordenan a los invitados a lanzarse al suelo y a entregarles sus pertenencias. En cosa de diez minutos todos son desvalijados. Las cosas no habrían pasado de un simple asalto, pero a David R. se le ocurre sacar su pistola y disparar a uno de los asaltantes que le está golpeando en la cara a su hermano Ramón R.. Los otros asaltantes disparan sin mirar a quien y en su fuga matan a unas veinte personas. El único asaltante que está a punto de morir no puede ser rescatado por sus compañeros a pesar de que lo intentan, porque entretanto otros invitados armándose de valor sacan sus pistolas y cubriéndose también disparan contra los asaltantes. Cuando le sacan la capucha al delincuente muerto resulta ser uno de los invitados a la boda que se había ido más temprano.

La policía llega y la fiesta sirve para que los sobrevivientes gays juren en secreto vengarse de tal masacre, y que sin embargo uno se atreve a decir que si el hermano de Ramón R. no hubiera disparado no habría habido balacera, ni muertos.

Entre los fallecidos se encuentra la abuelita y el padre de David R. y Ramón R., entre muchos amigos gays. Ramón está con la cara totalmente desfigurada. Sin duda que ha sido un ataque homofóbico.  Pero aquí surge el nacimiento de la secta que en el futuro vendrá a hacer historia en la lucha reivindicatoria del movimiento gay del país. Juran combatir a todos aquellos que se atrevan a cometer atropellos contra cualquier ciudadano gay del país. Si no lo quieren por las buenas, lo tendrán que aprender por las malas, ya que la justicia es muy lenta o inexistente.

 

Walter F. salió de la carceleta de la policía dos días después de haber ido a declarar por agredir a un gay en una discoteca. No había pruebas suficientes para que se quedara detenido, pero todo el mundo sabía que él era culpable. Muchos lo habían visto con sus propios ojos cómo es que Walter F. le había pegado con alma a Enriquito hasta destrozarle el rostro, pero nadie se había atrevido a declarar como testigo por temor a sufrir represalias. Los policías no se esforzaban por imponer justicia porque así como no respetaban a las prostitutas tampoco lo hacían con los gays. A pesar de que la ley había cambiado, la gente todavía no asimilaba lo que implicaba el permitir las bodas entre homosexuales, y continuaba considerando a las minorías sexuales como ciudadanos de segunda o tercera categoría.

Walter F. se despidió con un apretón de manos y una sonrisa del guardia que lo había acompañado hasta la puerta de la calle. Encendió un cigarrillo y se subió a su carro. Habló por teléfono con uno de sus amigos diciéndole que ese asunto no le había tomado más de cinco minutos, que podían encontrarse igual a la hora que habían pactado en el café de siempre. Arrancó el vehículo y con la música de moda en la radio se fue alejando.

En la clínica donde Enriquito se recuperaba, su familia estaba indignada. Le habían pegado por ser gay. Por haberse besado con un turista. Walter F. era el portero de la discoteca y probablemente habría obedecido las órdenes de su patrón, sólo que se le había pasado la mano. La droga lo había puesto bruto. Walter F. odiaba a los homosexuales y ya no era la primera vez que le había dado una golpiza a uno. Pero sabía con quién se metía, porque si el otro hubiera sido más fuerte que él ni siquiera le hubiera dicho nada. Enriquito era delgado, de baja estatura y muy afeminado. El patrón no quería ningún tipo de escándalo en su local y probablemente Enriquito no se había contenido a pesar de las advertencias injustas del portero. Hubiera sido suficiente haberlo expulsado de la discoteca, pero no, le dieron por todo el cuerpo y en la cara hasta privarlo del conocimiento. Unos amigos que pasaron lo reconocieron, avisaron a la familia y lo acompañaron al hospital. Estaba irreconocible.

Walter F. llegó a su departamento y se dio una ducha. Encendió la televisión para ver el noticiero y se fue secando lentamente el cuerpo. Se vistió de una manera deportiva. Abrió si congeladora y sacó una lata de cerveza. Se sentó en el sofá de la sala, miró su reloj y estiró sus piernas. Encendió un cigarrillo. Bajó el volumen del televisor e hizo una llamada telefónica. Habló con su enamorada, una empleada que también trabajaba en la discoteca. Le dijo que después del trabajo podía pasar por su casa, que tenía muchas ganas de estar con ella. Ella le preguntó por su ida a la policía. Walter F. le respondió que no había demorado ni cinco minutos. Ella le dijo que había cometido un exceso, que Enriquito siempre había sido un buen cliente. Walter F. le pidió para no hablar más sobre ese asunto y le volvió a preguntar si es que iría a pasar o no a visitarlo después del trabajo. Ella le dijo que sí. Él sonrió y se despidió con un beso sonoro. Vaca de mierda, pensó. Puso una alarma para las cuatro de la tarde y se adormeció mirando una telenovela.

A las cuatro en punto tocó la alarma y Walter F. se lavó la cara. Apagó el televisor y salió a la calle. Se subió a su carro y cuando estaba en medio de una avenida principal su carro explotó violentamente. Murió quemado sin que nadie lo pudiera salvar.

La policía tampoco se preocupó de investigar las causas de su muerte. Un hampón menos que detener era lo que pensaban, porque ese Walter F. se las traía consigo desde hacía mucho tiempo.

A Alejandro D. amigo de Ramón R. se le vio muy cerca del siniestro. Su carro amarillo dio varias vueltas alrededor de la casa de  Walter F. Se encargó de ver si alguna cámara de seguridad podía haber registrado su presencia. Llamó por teléfono a un amigo suyo y le dijo que el cisne había cantado. Habían convenido no comunicar cosas importantes por el teléfono celular ni por la Internet. Después de encontrarse con su amigo personalmente en una casa particular y mostrándose tal como era en realidad, entre unos besos y unos tragos de brandy le dijo que en la siguiente operación tenían que actuar con otra estrategia. Enriquito había sido vengado, era lo que más importaba.

 

 

Cuando Isabela, la travesti que trabajaba en Flandes del Río, un bar gay, cantando y bailando como las divas de los años sesenta, saliera para regresar a su casa fue interceptada por un grupo de jóvenes que le pidieron dinero. Ella les dijo que no tenía y que la dejaran en paz. Intentó correr con sus zapatos de taco alto, pero entre todos los vándalos la hicieron caer y en el suelo la patearon sin ninguna compasión. Con tanto golpe en la cabeza la mataron. Le robaron lo poco que llevaba consigo y metieron su cuerpo como si fuera un estropajo dentro de una zanja que habían abierto unos obreros para instalar tuberías nuevas de desagüe.

Una anciana que había visto todo desde su ventana llamó a la policía y dijo que estaban matando a una mujer en frente de su casa. No quiso dar su nombre, pero también dio una pista sobre los delincuentes, uno de ellos que vestía una camiseta roja tenía el pelo cortado de un modo extraño y sus brazos estaban exageradamente tatuados.

La policía sólo apareció al día siguiente cuando unos obreros descubrieron el cadáver de Isabela. Los periodistas se encargaron de difundir la noticia de la violenta muerte de un travesti. No dijeron nada más. La policía ni mencionó la llamada telefónica de la anciana. Sin embargo uno de los policías comentó con su esposa que a pesar de que se sospechaba de un individuo que tenía las características dadas por esa señora nadie podía hacer nada. Ese tipo de casos daba mucho trabajo y normalmente los delincuentes salían libres con la intención de poder vengarse a la primera oportunidad de los policías que lo habían detenido. Ese travesti no tenía familia. No iría a hacer falta a nadie. Además era un elemento perturbador para la sociedad. La mujer del policía habló de ese asunto con una amiga y ésta a su vez se lo dijo a un hermano que se lo contó a un colega de escuela. La cosa es que David R. se enteró de tal historia y se le quedó bien grabado en la mente: un individuo con corte de pelo extraño, ambos brazos tatuados y una camiseta roja.

Una noche en que Fernando G. atravesó la calle para entrar a un café vecino al Bar Flandes del Río se dio cuenta de que un muchacho iba lentamente de bicicleta como esperando encontrarse con alguien. Tenía realmente un corte de cabello tan fuera de lo normal y sus brazos llamaban la atención por los tatuajes. Fernando G. regresó a su carro y lo siguió discretamente hasta verlo entrar a una casa bastante descuidada. No lo vio salir más de allí hasta el día siguiente, bañado y con otra ropa. Sin duda que ese era su domicilio.

Dos días después la policía recibió la denuncia que cinco personas habían desaparecido de la noche a la mañana. Cinco jóvenes todos de un mismo barrio habían sido echados de menos por sus padres porque si normalmente salían a hacer sus mataperradas siempre volvían a dormir a sus casas. Desaparecieron como por encanto. Y ni las búsquedas policiales tuvieron algún resultado. Las fotos de los cinco salieron publicadas en casi todos los periódicos de la ciudad. La anciana que había visto como habían matado a la travesti Isabela había reconocido muy bien una de  esas caras, pero nunca comentó con nadie ese hecho.

Alejandro D. en una fiesta de carnaval sólo escuchó como un susurro mientras bailaba con un amigo que cinco cisnes habían cantado perfectamente bien. El juramento se estaba cumpliendo según sus posibilidades y nadie podría sospechar de nada. Ni siquiera ellos mismos porque nunca nadie sabía quienes eran los ejecutores de las sentencias.  A ninguno del grupo de los que había jurado venganza se les escapaba nada, lo tenían todo calculado al detalle. En breve empezarían a tratar de todos aquellos que había participado de la matanza en la fiesta de matrimonio de Ramón R.. Ya tenían la lista. Sólo faltaba dar las instrucciones. Un elemento anónimo había asumido esa responsabilidad como si se tratara de una mente superior. Todo se hacía, pero nadie sabía absolutamente nada, a pesar de que ellos mismos eran los ejecutores. Se perdía la memoria, se sufría de una amnesia automática colectiva. La hermandad había alcanzado un alto grado de perfección, infinitamente buenos entre ellos, y terriblemente sanguinarios con sus enemigos. Aprendieron a infiltrarse por todos los medios de la sociedad y a actuar con una eficacia increíble e imposible de ser detectada por algún servicio de inteligencia.  La verdad es que no dejaron a ningún abusivo vivo. La venganza fue perfecta. Eliminaron a todos los elementos que participaron en la matanza del matrimonio de Roque y Ramon R. y de paso limpiaron la ciudad de homofóbicos asesinos. Nadie se atrevió a investigarlos.

07/05/10


La intuición

 

No quiero pensar mucho hoy. No me conviene hacerlo. Sé que no es muy fácil. Me irán a tildar de loco o irresponsable. Sé lo que me está esperando. La voy a enfrentar sin ningún temor. No es una simple obsesión. Preparado estoy y ya le dediqué gran parte de mi tiempo para poder salir victorioso, es decir, lograr mi deseado propósito. Su nombre es Julieta. Ingeniera de profesión y practicante de artes marciales. Tiene 27 años. Su apariencia es cinco estrellas. Alta y bonita. Cuerpo elegantemente escultural. Lo mejor son sus ojos de color miel y su voz muy dulce y sensual. Fue la mujer más codiciada de la universidad. El encuentro está pactado para las 10 de la mañana. Nunca nos hemos citado en horas de trabajo. Tenemos mucha telepatía y todas las mañanas antes de ir cada uno para su oficina salimos muy satisfechos el uno del otro. Hacemos el amor matutino como una rutina celestial. No quiero pensar ni seguir dando más razones como para cambiar mi decisión. Le he dicho a Julieta para reunirnos en el café más cercano a su trabajo y que por favor a las 10 en punto. Le quiero pedir el divorcio de una vez por todas y para eso he escogido ese café que nunca formó parte de nuestra historia como pareja. Voy a ir directamente al asunto. No puedo cambiar de opinión. No me voy  dejar seducir nuevamente. Mi decisión ya está tomada. Yo, Gonzalo Ramírez, no quiero estar más casado con Julieta García. No quiero que continúe mi matrimonio con ella. Simplemente no tengo ninguna razón para hacerlo, pero siento la necesidad de divorciarme de ella lo más rápido posible. Fuimos aparentemente muy felices y tuvimos una buena relación en todos los aspectos de la vida. Nos llevamos muy bien. Tenemos amigos comunes. Nos entretenemos cuando estamos los dos solos. Nuestras familias se complementan a la perfección. Tenemos una atracción muy fuerte el uno por el otro. En otras palabras somos la pareja perfecta. No solo ella es bonita, también yo lo soy. Al menos eso me lo dijeron siempre mis amigas y muchas mujeres voltean para mirarme y sonreírme.

Si lo pienso mucho, no lo voy a hacer, porque no me conviene desde ningún punto de vista separarme de ella. Es fiel y muy hacendosa. Trabajadora y rica además, como yo. No podría encontrar a nadie mejor para mí. Pero no es mi lado intelectual ni el afectivo que me dicen para divorciarme. Me lo pide la intuición. Una voz muy profunda me repite siempre, Gonzalo, libérate. Gonzalo tienes que estar de nuevo soltero. Ella no es mujer para ti. He intentado decírselo en otra oportunidad, pero al ver su cara tan dulce, respirar su cautivante fragancia y recibir sus apasionados besos, las palabras se me quedaron no en la lengua sino en el olvido más profundo. Me transformaba en el Gonzalo de siempre, muy enamorado de mi esposa. Sin embargo hoy ha llegado el momento crucial. Nada me va a hacer cambiar de opinión. Se lo diré sin ningún rodeo. Julieta, no puedo decir que no soy feliz contigo, pero me quiero divorciar de ti. No me digas nada porque ya lo tengo decidido y no quiero dar marcha atrás en mis intenciones. No, tal vez se lo tenga que decir de otro modo más tajante. Julieta, no me beses ahora, quiero ser breve y honesto: Quiero que me des el divorcio. No, tampoco le puedo hablar así. Tengo que ya darlo como un hecho, aunque ella no quiera dármelo. Julieta, me voy a divorciar de ti. Mi abogado hablará contigo mañana. Y me levantaré de la mesa de inmediato. No me quedaré para observar la expresión de su cara, ni le permitiré que me diga algo. Creo que así será lo mejor y no dejaré que mi debilidad por ella me  traicione.

Son las 10 de la mañana. Ella todavía no ha entrado al café. Eso me da tiempo para ir a buscarla. Voy hacia su oficina. Entro sin hacer ningún ruido. Su secretaria está distraída. La escucho hablar por teléfono detrás de su puerta. Habla descontraída. Le llamó Amor a alguien y le dijo que hoy no podría ser para verse de nuevo. Su marido la había citado para conversar y  ya se estaba haciendo tarde. Tendría que ser para la hora del almuerzo. Se despidió con una voz acaramelada y le dijo adiós, mi queridito, el mejor beso del mundo. Yo salí sin que me viera igualmente nadie. Corrí al café y me senté a esperarla reprimiendo toda mi ansiedad. Poco después ella llegó y me dio un beso en la boca.

- Qué me querías decir, mi amor, personalmente. Estoy muy emocionada.

- Nada más quería decirte que te amo y que en este fin de semana saldremos de viaje para celebrar nuestro segundo año de casados. ¿Qué te parece?

- Esplendido, fabuloso, mi amor. Qué buena noticia que me das. Te quiero mucho. Deliro por ti.

Aproveché que ella se fue al cuarto de baño y le revisé la cartera. Su teléfono celular tenía varios mensajes de un mismo número. Leí solo uno y me bastó.

- Mi diablita, hoy será en el hotel Blue Dream, a las 12h30. (de la noche) Besos, T.

Me quedé desconcertado, pero no me olvidé de colocar el teléfono tal como ella lo había dejado. Al volver me dijo que tenía una cita con un cliente a las 10 y 30, me dio otro beso en la boca y se alejó con sus pasos largos y coquetos que a todos los del café los hizo voltear. Yo pedí una cerveza grande. No se me ocurrió otra cosa. La bebí sin parar. Posé el vaso sobre la mesa. Pagué. Salí sin saber para dónde ir. Fui por lana y salí trasquilado, pensé. Eso me pasó por idiota. Mi intuición no me engañó. Pero ahora que tengo todos los elementos como para poder divorciarme y sentir rabia u odio, no siento nada. Se me han quitado las ganas de proponerle cualquier separación. Ni me interesa seguirla, ni saber más sobre su vida fuera de casa. Quisiera olvidarme de todo lo que alguna vez intenté realizar. Tendré que callar a mi intuición. Hoy me ha surgido un sentimiento mucho más humano. Como si me hubiera enamorado más de ella por alguna razón oscura. Podría hacerle algunas preguntas, pero no se las haré. Podría investigar más, pero no avanzaré en esa dirección. Hoy más que nunca llegaré a mi casa a la misma hora de siempre y cenaremos juntos lo que nuestra cocinera nos habrá dejado preparado. Encenderé las velas que utilizamos para los momentos especiales y pondré nuestra música preferida. Bailaremos como si recién nos hubiéramos conocido. Me encantó descubrirle su parte humana y defectuosa. Pensaba que era un robot perfecto cumpliendo a cabalidad una conducta trazada por las buenas costumbres y la buena moral.

Trabajé con mucho ánimo hasta la hora de la salida. Presté mucho interés en las personas que tuvieron que conversar conmigo. Fue una jornada muy productiva y sin mostrar indicios de cansancio me marché para casa comprando flores por el camino. Llegamos casi al mismo tiempo. Ella me dio un beso. Subió corriendo las escaleras hacia su cuarto de vestidos y bajó con una maleta.

- Hoy no voy a cenar en casa. Tengo que salir volando, porque debo de estar en la capital de aquí a cuatro horas. Un cliente me espera y no tiene otro tiempo para hablar conmigo. Amor, que comas bien. Disculpa. Por no haberte avisado antes.

Me dio un beso. Le ayudé a poner la maleta en su carro y la vi alejarse a gran velocidad. Su perfume no se fue.

Bueno, pensé. ¿Y cuál es  el problema?  Me serví un buen plato de comida. Igual puse las velas, mi música y me puse a jugar con mi gato. A la medianoche me quedé dormido con ropa y todo sobre el sillón de terciopelo rojo donde ella se acostumbraba sentar.

Al día siguiente me llamó por teléfono y me dijo que tampoco regresaría por la noche. En la próxima mañana recibí una llamada de un tipo que me decía que era el abogado de Julieta. Me lo dijo bien claro:

- Mi cliente le pide el divorcio.

 

07/05/2010